"Siento mi cráneo reventar contra el pavimento"

Silencio…

Llega ese momento en el que me detengo, sin razón aparente: como los animales que por instinto, ante sus depredadores, se hacen los muertos.
Por algún motivo me detengo, y me quiero enterrar a metros de distancia, permanecer ahí, cerrar los ojos y esperar años, medio siglo, a que los sonidos del exterior cambien, y salir a la superficie cuando todo sea nuevo otra vez, quedarme quieto y tan rígido, hasta que me convierta en piedra, para poder descansar.
Vigilo sigilosamente mi entorno, en una búsqueda desesperada de un aliciente, de un estímulo que me rescate antes de caer en trance. Quiero el descanso y al mismo tiempo ese estímulo que en el momento justo antes de cerrar los ojos me dispare al universo y clarezca los asteroides, para así poder ver las galaxias en su resplandor de pausada efervescencia, mi mundo se ladea y me desequilibro justo al lado contrario, desfasando el espacio y el tiempo, yuxtapuestos en un eje de encuentro, el punto que mide el corazón, el punto en que se juega la balanza. Lienzos vacuos que se expanden gigantescos conforme me aproximo, intimidantes amenazan con aplastarme, se miran de reojo unos a otros y me vuelven a mirar sabiendo que inútilmente me acerco porque he perdido el habla, me he quedado sin símbolo.  
Intento recuperar y todo parece escapar de mi, intento agarrar pero todo se va de entre mis manos. No emito sonido alguno, sino el eterno y sórdido venir de las olas del mar, un mar imaginario, un mar inexistente, un mar falso, que no rompen nunca en la orilla, parece venir pero no llega, el eterno y sórdido venir de las olas. 
                                                                                          Pablo Alemanj

Pablo Alemanj